
El Amor
Entra, solo, en el espacio cerrado, la puerta se cierra de nuevo. De repente, con él, el
yodo de la mar, la sal, el fulgor azul de los ojos del pleno día, de la noche plena.
Él se levanta, escucha la danza lejana, dice:
-¿Recuerdan? La música de S. Thala.
Permanece erguido. Escucha. Una sonrisa pura barre su rostro. Escucha profundamente, con una gravedad insensata, la música lejana.
Ella señala al viajero, ella dice:
-Llora.
A su vez, los ojos azules se llenan de lágrimas. La sonrisa permanece fija. Él explica:
-La música de S. Thala hace llorar.
La música cesa.
Él trata de escuchar todavía. Renuncia.
El roer se reanuda, el silencio.
Ella dice, señalando al viajero:
-Tenía miedo.
-¿De qué?
-De no volver a verle a usted.
-Es cierto que...
Los ojos azules se inmovilizan, ven de nuevo. Ven de nuevo el peligro, la perdición.
-Es cierto que me perdí allá lejos, dejé atrás la distancia -agrega-, y la hora.
Él señala la dirección solitaria que hay detrás de la masa negra del malecón. Su mano tiembla.
-No sabía cómo volver.
Él ya no señala nada. Olvida, la ve a ella, olvida. Él dice al viajero:
-¿Se lo ha explicado ella? Es necesario que ella duerma.
Él se dirige al viajero:
-Hay que cruzar el río, está cerca de la estación, entre los dos brazos.
-¿Qué hay allí?
-La prisión de S. Thala, su gobierno.
Se levantan. Salen.
Marguerite Duras