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 El Amor
Noche. S. Thala desierta. Él camina. Es el viajero, el hombre del hotel. Atraviesa el río, pasa junto a la estación. La mar asciende entre las márgenes de cieno. El cielo se agita mucho, está muy bajo, muy oscuro, negro en algunas partes. La estación está cerrada. Él se gira. Está allí. El río se separa. Está allí, entre los dos brazos del río. Es un gran edificio de piedra, de formas sencillas. La escalinata da a un terreno bordeado por los brazos del río. Ella está allí, duerme en el peldaño más alto de la escalinata, respaldada en la pared del edificio, en la misma postura que en la playa. Él también está allí. Está de pie en la punta extrema del terreno, frente a las desembocaduras, a la brecha de la mar. Él habla. El viajero avanza por el terreno de la isla. Hay huellas de la tormenta, ramas quebradas. Pasa por delante de ella, se aproxima, ve que ella duerme profundamente. Su respiración es rítmica, calmada. El viajero prosigue hacia la punta de la isla, que está a una veintena de metros de la que duerme. Pero no llega hasta allí. Se sienta en un banco, a media distancia entre la que duerme y el que habla en la punta de la isla. Desde las riberas exteriores del río, desde todas partes, los barcos toman rumbo hacia la mar. Se les ve pasar por la desembocadura formando una larga cadena. De pronto, un llanto. De pronto, entre el ruido de los motores y el ruido de la mar, se inserta el llanto de un niño. Se diría que ella forma parte del lugar donde duerme. Durante un instante la voz continúa, esa voz, sin efectos, circula por la isla, se mezcla con el llanto, se inserta entre el ruido de los motores y el estruendo de la mar. Después cesa, El hombre ha debido de oír el llanto. Deja la punta de la isla. Viene. Ve al otro, al viajero, se detiene cerca del banco. -Ah, ha venido usted. Parte de nuevo, hacia la escalinata. Se inclina sobre ella, escucha, se incorpora, regresa, siempre apresurado. Vuelve a pasar por delante del banco, se detiene, anuncia: -Ella duerme bien. El llanto, incesante. -Ese llanto, ¿es ella? -Sí. Se impacienta, ¿comprende?, pero duerme. -Se interrumpe-. Es solamente ira, no es nada. -Ira, ¿contra qué? Él muestra a su alrededor el movimiento general. -Dios -prosigue-. Contra Dios en general, no es nada. Se aleja con vivacidad, llega de nuevo a la punta de la isla. El ruido aumenta. Y el llanto. Y el desorden de las desembocaduras. El viajero se reúne con él en la punta de la isla. Puede verle bien a la claridad de la mar: mira como en el primer día.
Marguerite Duras
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- * (Este fragmento continúa en los comentarios de este post)>  El Amor
Noche. A la luz eléctrica el viajero escribe. El viajero aleja de sí la carta, se queda así. Ante él, la carretera vacía; tras la carretera, unas villas con luces apagadas, unos parques. Detrás de los parques, el espesor, inasible, S. Thala erguida. Toma otra vez la carta. Escribe. «S. Thala, 14 de septiembre.» «No vengas, no vengas ya, a los niños diles cualquier cosa.» La mano se detiene, reanuda la escritura: «Si no consigues explicárselo, déjalos que inventen». Deja la pluma, la toma de nuevo: «No lamentes nada, nada, acalla cualquier dolor, no comprendas nada, has de decirte que entonces estarás más cerca de...», la mano se alza, prosigue, escribe: «la inteligencia». El viajero aleja de sí la carta. Sale de su habitación. La habitación sigue iluminada sin presencia alguna. Marguerite Duras
 El Amor
Entra, solo, en el espacio cerrado, la puerta se cierra de nuevo. De repente, con él, el yodo de la mar, la sal, el fulgor azul de los ojos del pleno día, de la noche plena. Él se levanta, escucha la danza lejana, dice: -¿Recuerdan? La música de S. Thala. Permanece erguido. Escucha. Una sonrisa pura barre su rostro. Escucha profundamente, con una gravedad insensata, la música lejana. Ella señala al viajero, ella dice: -Llora. A su vez, los ojos azules se llenan de lágrimas. La sonrisa permanece fija. Él explica: -La música de S. Thala hace llorar. La música cesa. Él trata de escuchar todavía. Renuncia. El roer se reanuda, el silencio. Ella dice, señalando al viajero: -Tenía miedo. -¿De qué? -De no volver a verle a usted. -Es cierto que... Los ojos azules se inmovilizan, ven de nuevo. Ven de nuevo el peligro, la perdición. -Es cierto que me perdí allá lejos, dejé atrás la distancia -agrega-, y la hora. Él señala la dirección solitaria que hay detrás de la masa negra del malecón. Su mano tiembla. -No sabía cómo volver. Él ya no señala nada. Olvida, la ve a ella, olvida. Él dice al viajero: -¿Se lo ha explicado ella? Es necesario que ella duerma. Él se dirige al viajero: -Hay que cruzar el río, está cerca de la estación, entre los dos brazos. -¿Qué hay allí? -La prisión de S. Thala, su gobierno. Se levantan. Salen.
Marguerite Duras
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... imagínate lo que quieras... probablemente a Sabbat le va a dar igual...
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